Existe una época durante el año en que el artista palidece al igual que las hojas secas que en otoño reposan en el asfalto esperando que un extraño imponga el peso de su voluptuosidad sobre su piel para desquebrajarse en mil pedazos. Así es el alma del artista cuando llega el otoño.

Pero el Otoño es pasajero, muda la piel del artista convirtiéndole en un ser diferente, incluso en ocasiones la evolución se convierte en una auténtica revolución, con sus barricadas y lucha de clases, una batalla a muerte entre aquel que fuiste y quién pretendes ser, sabiendo que solo uno de los dos se mantendrá en pie cuando el humo de los cañones se disperse, y la luz de la mañana tiña de amarillo el suelo, creando una sensación de bienestar interno imposible de describir, como si un color fuera capaz de irradiar calor…
En Otoño el artista se transforma y mira hacia atrás, revisa su obra con los ojos de un extraño que desconoce quién y porqué hizo aquello, aunque recuerda, vagamente, a aquel joven inexperto al que no le importaba mostrar su defectos como si sus virtudes aumentadas por su ego evidenciaren un talento fuera de toda duda. En ese momento la nostalgia se apodera del artista convertido en espectador y una mueca de complicidad se esboza en su rostro sabedor de que lo que es hoy es gracias a lo que fue ayer, de que este no es el primer Otoño en que debe resguardarse de la lluvia y de las inclemencias de un tiempo transitorio, y de que pronto, el día menos pensado unos minúsculos brotes verdes aparecerán y casi sin darse cuenta comenzaran a crecer avisando una primavera que parece próxima. Qué importa que sea efímera, que importa que aquellos pequeños brotes verdes algún día palidezcan y caigan al suelo víctimas de la gravedad anunciando el Otoño del artista, no es más que una etapa, una fase en el ciclo de un ser inquieto que se resiste a resignarse en la levedad del ayer.
P. Moro.
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